Tomás Aquino: Y la cruzada intelectual

De noble linaje y con fuerte determinación por ser fraile de la orden de predicadores, a pesar de su propia familia, Tomás se lanza en pleno siglo XIII a ser un auténtico cruzado, pero no como aquellos que habían llenado de sangre el escenario del siglo anterior: los que querían vencer sin convencer en los llamados “Santos Lugares”.

Tomás, por el contrario, quiere convencer y, por ello mismo, vencer. Desea que todos los hombres de buena voluntad reconozcan a su Dios cristiano como Dios, lleguen a él por la razón, principal atributo del ser humano, y queden convencidos de su Verdad.

Sus dos obras fundamentales: Suma contra gentiles y Suma Teológica son la sístole y diástole de un corazón católico – en el sentido etimológico de “universal” – que desea extenderse misioneramente a todos los que razonan la fe y contraerse ordenadamente en la mente del creyente.

Aristóteles, conocido por medio de los traductores de Toledo y directamente por las traducciones de Guillermo de Moerbeke, será para él “El Filósofo”, quien le ofrezca los materiales para la construcción de la gran catedral gótica que es el tomismo, el que le aportará la certeza sobre la estructura de lo real, hecho de materia y forma, de acto y potencia en movimiento. Aristóteles le proporcionará también la idea del Motor inmóvil, aunque el dios aristotélico tenga poco en común con el cristiano. El Estagirita le ofrecerá una Antropología donde el alma es tan importante como el cuerpo, aunque últimamente venza aquella y le proporcionará una Ética encaminada a la felicidad que el Aquinate completará con la visión del Cielo, felicidad suma. Sin el Estagirita el mundo estaría ciego para el tomismo, pero más importante aún: sin la suprema autoridad de las Sagradas Escrituras, la razón, incluso la preclara razón aristotélica, resultaría vacía.

La fe es la condición de posibilidad de que el conocimiento humano asienta a verdades que completamente le superan. Sin embargo, la razón tiene su verdad. No podemos condenar a la hoguera a los Aristóteles de la historia que se guían únicamente por la razón. Tomás, y el tomismo tras él, estará asentado siempre en la suprema certeza de que nada racional se puede oponer a la fe. Vana presunción desde nuestra óptica contemporánea por la que observamos las continuas sinrazones de la fe.

La comprensión del mundo va a estar alimentada, no sólo por el Estagirita y sus comentaristas (Boecio y sobre todo Averroes) sino también por el resto de la filosofía árabe y judía medievales. A partir de aquí, para Tomás comienza a contemplarse el cosmos, aunque pueda sorprendernos por la centralidad de su fe, por medio de un profundo antropocentrismo. Tomás no ve ninguna contradicción en creer, esto es, tener a Dios como lo más importante, y comprender al mundo a partir del hombre, porque el hombre es tenido como imagen de Dios. La significación primera del ser es para él existir y el hombre como existente es contingencia radical, como todo lo creado, unida al deseo natural de lo divino. Dios es acto puro de existir, el único necesario, que nos hace participar de su ser. El hombre se encuentra a medio camino entre la materia y Dios. Es alma, pero nunca sin un cuerpo, como el poeta dijo: “ángel con grandes alas de cadenas” que busca desesperadamente que Dios sea. Por eso, varias vías le llevarán a Él: la del motor inmóvil, la de la causa eficiente, la consideración de los seres contingentes, la vía “platónica” de los grados de perfección y la del orden del mundo. Ninguna de ellas nos habla con certeza de algo que no hubiésemos pensado y creído ya antes. Pero a Tomás le parecen clarificadoras a partir de la idea aristotélica de causa que necesita de un efecto y efecto que no se explica sin una causa. A nosotros nos dejan siempre algo fríos, tal vez porque están elaboradas estas vías al calor de una fe que ya no es vía hacia ninguna realidad cierta.

La ética de Tomás parte de la ley eterna, que tiene como fondo el Logos del viejo Heráclito y el de los estoicos, y que se cumple en todo el universo por designio divino, también en los hombres con su aparente libertad, puesto que la libertad existe de hecho y consiste en elegir entre bienes diversos. También es un hecho que elegimos mal, pecamos y, por lo tanto necesitamos una ley, basada en la naturaleza humana que nos diga lo que tenemos que hacer, ya que no sólo podemos equivocarnos, sino que, siguiendo en esto a Agustín, nuestra naturaleza se halla corrompida de partida por el llamado “pecado original”. Éste, no es más que un mecanismo para exculpar a Dios del mal en el mundo, ya que el mal depende entonces no de Dios que hace todo bien, sino del hombre presente o de sus antepasados más remotos de aquel jardín quemado. La ley natural nos dice lo que debemos hacer para no equivocarnos. La siente todo ser humano, como voz de Dios, en la conciencia y produce unos mandatos autoevidentes y eternos, derivados de nuestras inclinaciones naturales, como la conservación propia, la de la especie y el conocimiento de la verdad y la vida en sociedad. Apartados éstos característicos de la visión aristotélica del ser humano al que Tomás añade el ansia de conocer las verdades divinas.

De tal modo que quien no tiene un connatural deseo de ver a Dios resultaría todo menos un humano. Esta convicción será común a todos los tomismos posteriores, excluyendo de la normalidad humana – por ley natural – a todos los no creyentes, agnósticos o ateos. De todos modos, para Tomás el ser humano está creado para la felicidad, igual que para Aristóteles. La diferencia estará en que la felicidad será para el Aquinate imposible de lograr en esta vida y será completada con la eterna visión beatífica.

Al igual que Aristóteles, dará importancia a los hábitos o repetición de actos para lograr la bondad de los mismos y diferenciará virtudes morales de las intelectuales, destacando, como el Estagirita, a la prudencia, antes de las demás. Con su ejemplo mismo de “buey mudo”, como le apodaban, quiso señalar Tomás la importancia del contemplar, del Ser, sobre el decir. Su imponente obra escrita, fiel reflejo de su imponente complexión física, queda para la posteridad como un esfuerzo por detener, mediante la razón, cualquier tipo de fanatismo, incluso el cristiano, y hace grande su propia obra por el hecho de impedirlo.

El tiempo inmediatamente posterior, marcará las deficiencias de su “catedral”: el poder de la experiencia en el conocimiento, destacado por Roger Bacon, que originará posteriormente todo el desarrollo de la ciencia/técnica; el valor de la voluntad sobre la razón destacado por Duns Escoto, por donde comienza occidente a desconfiar de un Dios que no es racional del todo y que puede sorprendernos con medidas irracionales y que, por lo tanto, no merece ser tenido en cuenta por nosotros, seres racionales; y por último, y muy a pesar del talante a veces místico del Tomás del “Dios latente”, el aspecto de la mística especulativa desarrollada por el maestro Eckhart y que vendrá también a romper los moldes rigurosos de la razón aristotélico-tomista.

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