El Surrealismo: Ensoñaciones pictóricas

“Creo en el encuentro futuro de esos dos estados, en apariencia tan contradictorios, como son el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, de surrealidad”.

André Breton.

La actitud irracionalista del movimiento dadá deriva hacia una tentativa de mayor envergadura. André Breton en sus escritos para la revista Littérature, exigía al arte un nuevo esfuerzo de indagación, ante la situación histórica y social de la postguerra, para tratar de comprender la realidad del hombre en su totalidad. Como estudiante de medicina, Breton, tenía contacto con las doctrinas y la metodología de investigación de Freud, quien descubrió que la libertad desinhibida del ser humano sólo aflora en los sueños y que es en este mundo onírico, donde se agolpan las emociones más comunes, como el placer y la agresividad. Breton consideró la autoaplicación del sistema coloquial de la terapia psicoanalítica al arte, aceptando que la palabra escrita fluye tan rápido como el pensamiento y que las ensoñaciones y las inconscientes asociaciones verbales, podrían convertirse en fuentes de la creación artística.

El surrealismo intenta reflejar el mundo de los sueños y los fenómenos inconscientes enterrados por la conciencia, cuya importancia se estaba demostrando con el psicoanálisis freudiano. En el Primer Manifiesto del Surrealismo, en 1924, se define el propósito de la congregación de escritores y pintores, en cuyas reuniones aplican el automatismo para la creación de oraciones y grafismos, que exentos de cualquier diligencia de la lógica, desvelan las profundidades del alma. Todas las artes, tanto la poesía, el teatro, el cine, como la pintura y la fotografía, se empeñan en la representación de este mundo de absurda apariencia, puesto que los confines del subconsciente escapan al dominio de la razón.

Este novedoso movimiento artístico encuentra sus precedentes pictóricos en El Bosco, Brueghel y en Los caprichos de Goya. A pesar de la defensa del esteticismo involuntario basado en el automatismo y el grafismo instintivo, donde la mano no permite ser gobernada por ningún dictamen del pensamiento consciente, existe cierta coordinación de escuela en las técnicas pictóricas practicadas. La metamorfosis, la animación de lo inanimado, el asilamiento de fragmentos anatómicos, los artilugios fantásticos, la confrontación de elementos incongruentes, las perspectivas vacías, la creación alusiva al caos y a la incoherencia, y el tema erótico y lujurioso, como referencia a la importancia que el psicoanálisis otorga a todas las dimensiones del sexo, son su denominador común y temática recurrente.

En paralelo a la ruptura con la conciencia, el Surrealismo supone también una ruptura con las convenciones sociales, puesto que las extravagancias han sido una connotación de su historia. Dalí ha sido el más genial excéntrico y provocador del público, por sus prodigiosos dichos de automatismo irracional y por los escritos donde expresa su análisis paranoicocrítico.  La prensa atacó duramente al nihilismo surrealista antes de la Segunda Guerra Mundial, hasta que a partir de la contienda de 1945, la sensibilidad social gozase de una mejor disposición, para admitir un arte que desdeñaba la omnipotencia de la razón.

La lista de artistas que navegan por la corriente surrealista es muy extensa, aunque para algunos de los grandes maestros, el Surrealismo supone únicamente una etapa transitoria en su vida artística. Este es el caso de Joan Miró, en su fase de grafismos infantiles cercanos al monigote, cuyo modo de trabajar alcanza todas las sendas del automatismo y postulados del movimiento. El artista expresaba la dificultad que suponía para él hablar de su pintura, la cual afloraba, bajo un estado de alucinación “provocado por un shock cualquiera, objetivo o subjetivo” y del cual se confesaba enteramente irresponsable.

Las obras de Dalí y de Chagall se sitúan en dos posiciones polares dentro de la escuela surrealista. Salvador Dalí, máximo exponente del Surrealismo, explotará el tema del inconsciente y a través de los sueños y recuerdos, dará rienda suelta a sus miedos: pavor al contacto físico con el sexo contrario, miedo a la castración, obsesión enfermiza por la muerte, la impotencia y la putrefacción.

Dalí comienza a experimentar con su método paranoico crítico, sobre el que apoyará su habilidad artística. No se limita a plasmar los sueños en un cuadro, sino que también interpreta el mundo exterior en virtud de sus obsesiones, es decir, concreta la imagen real soñada, en otras obsesiones ocultas. El resultado es una imagen doble que sin alterarse, representa al mismo tiempo dos o más realidades. La autenticidad del arte daliniano se encuentra en las alucinantes perspectivas de Premoniciones de la Guerra Civil o Tentaciones de San Antonio, en las que la distorsión y el alargamiento de las figuras alcanzan un dramatismo extraordinario.

En el arte seráfico y mágico de Chagall todo es posible, las personas caminan con la cabeza o vuelan, las casas descansan sobre los tejados, los animales confinan en sus cabezas sueños de complicados argumentos o el cielo se puebla de ángeles músicos, como en Yo y la aldea, o París visto desde la ventana.

Tanguy refleja en su obra inmensos espectáculos oníricos donde el horizonte lejano, las playas desnudas y los rayos en la fuga de las perspectivas, se conciertan con formas orgánicas que naufragan en una desolación de esperanza, La luz de las sombras, es una buena representación de su surrealismo.

El italiano De Chirico, poeta del misterio, pintor de casas inhabitadas y calles desiertas o pobladas por diminutas figuras solitarias, ofrece otra perspectiva del surrealismo. Misterio y melancolía de una calle, refleja las peculiaridades de su obra.

Magritte presenta cierta similitud en algunos de sus cuadros con De Chirico, tal es el caso de El tiempo detenido, donde representa el interior de una habitación, con una chimenea casera desde la que sale un refulgente tren.

Los maestros del Surrealismo tuvieron la valentía de desarrollar la “grande libertad del espíritu” que era considerada por Breton como la herencia que impedía “reducir la imaginación a la esclavitud”.

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