Woody Allen: El creativo hipocondríaco

A lo largo de la historia se ha dicho que los grandes talentosos tienen sus facetas de excentricidad y raptos de locura.

El cineasta americano Woody Allen -que además es director, músico, escritor y actor de muchas singulares películas- no es la excepción.

Este reconocido artista tuvo su primer encuentro con el cine a muy temprana edad, cuando su madre lo llevaba al cine de su ciudad natal él quería abrazar a las figuras que se movían en la pantalla. Siempre lo emocionó el séptimo arte y ha tenido desde el inicio de su carrera una tendencia notable a mirarlo todo desde una óptica humorística y sagaz.

De niño fue muy introvertido y solitario y hacia la adultez ha conservado esos rasgos aunque se ha rodeado de amigos del mundo del cine que lo quieren y admiran.

Empezó su carrera como humorista a los 16 años y poco después comenzó a confeccionar chistes para enviarlos a algunos columnistas de los periódicos de su ciudad.

Al aclamado cineasta, desde su look hasta los guiones de sus comentados films, todo lo instala como un excéntrico, pero entre sus rasgos más raros está su tendencia a la hipocondría.

Éste es un padecimiento psíquico por el que el paciente cree de forma infundada que padece alguna enfermedad.

Tal es así que se somete muy a menudo a análisis clínicos, de rutina y complejos, por su infundado temor a padecer una enfermedad mortal de un momento a otro.

Si bien esta es una afección cada vez más común en distintas partes del mundo, la obsesión de Allen es realmente importante. La fijación en estas ideas llega a tal punto que el brillante neoyorquino duerme con los zapatos puestos, no toca nada en la vía pública y se toma la temperatura cada media hora.

 

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